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Se cuenta que un grupo de científicos encerró a cinco monos en una jaula, en cuyo centro colocaron una escalera, y sobre ella, un montón de plátanos. Desde el primer día, cuando uno de los monos subía por la escalera para coger los plátanos, los científicos lanzaban un chorro de agua fría sobre los que se quedaban en el suelo. A base de repetir esa práctica, los monos aprendieron las consecuencias de que uno de ellos subiera por la escalera. Cuando algún mono caía nuevamente en la tentación de ir a coger los plátanos, el resto se lo empezó a impedir de forma violenta. Así fue como los cinco monos cesaron en su intento de subir por la escalera.
Entonces, los científicos sustituyeron a uno de los monos originales por otro nuevo. Movido por su instinto, lo primero que hizo el mono novato fue ir a por los plátanos. Pero antes de que pudiera cogerlos, sus compañeros de jaula lo agarraron y golpearon agresivamente, evitando así ser rociados con un nuevo chorro de agua fría. Después de algunas palizas, el nuevo integrante del grupo nuca más volvió a subir por la escalera. Un segundo mono fue sustituido y ocurrió exactamente lo mismo. Los científicos observaron que su predecesor participaba con especial entusiasmo en las palizas que se le daban al nuevo. Con el tiempo el resto de monos originales fueron siendo cambiados por otros nuevos, cada uno de los cuales fue brutalmente golpeado por los demás al tratar de subir por la escalera. De esta forma los científicos se quedaron con un grupo de cinco monos que, a pesar de no haber recibido nunca un chorro de agua fría, continuaban golpeando a aquel que intentara llegar hasta los plátanos. Finalmente todos ellos se quedaron en el suelo resignados mirando a los plátanos en silencio.
Si hubiera sido posible preguntar a alguno de ellos porqué pegaban con tanto ímpeto al que subía por la escalera, seguramente la respuesta habría sido: “no lo sé, aquí las cosas siempre se han hecho así”.
No se sabe si se trata de un hecho real o de una leyenda. Tampoco importa demasiado. Se trata de una metáfora válida para reflexionar acerca de la influencia que tiene la sociedad sobre los individuos y viceversa. Al haber sido educados para seguir un determinado estilo de vida, la mayoría hemos adoptado una determinada manera de pensar, de comportarnos y de relacionarnos. Por más que solamos definir esta mentalidad como “normal y corriente” la realidad es que suele generar resultados de lucha, conflicto e insatisfacción.
Con el paso de los años, y de forma inconsciente, cada uno de nosotros va creando una identidad persona con creencias de segunda mano, tratando de adaptarnos al orden social establecido. Prueba de ello es el hecho de que quienes nacemos e un determinado país solemos utilizar un determinado idioma, defender una determinada cultura, estar afiliados a un determinado partido político, seguir una determinada religión e incluso apoyar a un determinado equipo de futbol. El quid de la cuestión radica en que en general no elegimos nuestras creencias (que condiciona nuestra forma de comprender la vida), nuestros valores (que influyen en nuestra toma de decisiones), nuestras prioridades (que reflejan lo que consideramos más importante) y nuestras aspiraciones (que marcan aquello que deseamos conseguir).
Formamos parte de una sociedad que nos condiciona para convertirnos en empleados, contribuyentes y consumidores, perpetuando así el funcionamiento económico del sistema. Lejos de victimizarnos, indignarnos y buscar culpables, es hora de reflexionar acerca de una de sus verdaderas causas: el modelo educativo.
Es imposible resolver los problemas socioeconómicos actuales desde el mismo nivel de compresión en el que los creamos. Ha llegado el momento de escuchar las voces de chavales como Paula, Cristina, Elena y Guillen. Ellos saben algo que nosotros, los adultos, parecemos haber olvidado.
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Paula y Cristina, 14 años. 3º de ESO : “Muchos adultos parece haberse olvidado de que también han sido niños” “Los adultos utilizan la excusa de la edad en función de sus intereses. Creen que siempre tienen la razón” (*esto lo hace mi madre).No se sabe si se trata de un hecho real o de una leyenda. Tampoco importa demasiado. Se trata de una metáfora válida para reflexionar acerca de la influencia que tiene la sociedad sobre los individuos y viceversa. Al haber sido educados para seguir un determinado estilo de vida, la mayoría hemos adoptado una determinada manera de pensar, de comportarnos y de relacionarnos. Por más que solamos definir esta mentalidad como “normal y corriente” la realidad es que suele generar resultados de lucha, conflicto e insatisfacción.
Con el paso de los años, y de forma inconsciente, cada uno de nosotros va creando una identidad persona con creencias de segunda mano, tratando de adaptarnos al orden social establecido. Prueba de ello es el hecho de que quienes nacemos e un determinado país solemos utilizar un determinado idioma, defender una determinada cultura, estar afiliados a un determinado partido político, seguir una determinada religión e incluso apoyar a un determinado equipo de futbol. El quid de la cuestión radica en que en general no elegimos nuestras creencias (que condiciona nuestra forma de comprender la vida), nuestros valores (que influyen en nuestra toma de decisiones), nuestras prioridades (que reflejan lo que consideramos más importante) y nuestras aspiraciones (que marcan aquello que deseamos conseguir).
Formamos parte de una sociedad que nos condiciona para convertirnos en empleados, contribuyentes y consumidores, perpetuando así el funcionamiento económico del sistema. Lejos de victimizarnos, indignarnos y buscar culpables, es hora de reflexionar acerca de una de sus verdaderas causas: el modelo educativo.
Es imposible resolver los problemas socioeconómicos actuales desde el mismo nivel de compresión en el que los creamos. Ha llegado el momento de escuchar las voces de chavales como Paula, Cristina, Elena y Guillen. Ellos saben algo que nosotros, los adultos, parecemos haber olvidado.
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Iahel Piera. 14 años. 3º de ESO: “En el cole también nos preparan para tener un trabajo, de manera que sepamos adaptarnos al sistema. Pero yo me doi cuenta de que el mundo está mal hecho, esta todo patas arriba, entre tantas cosas materiales nos hemos olvidado de lo más importante, la gente no es feliz. Parece que mi única aspiración sea conseguir un empleo y pasarme el resto de la vida consumiendo. Yo no quiero adaptarme a un mundo enfermo. Me doi cuenta de que el cole es parte del problema. No nos dan herramientas para utilizarlas cuando tenemos problemas. No nos ayudan a conocer nuestros talentos. Ni a descubrir lo que nos gusta y nos apasiona, aquello para lo que valemos. Mis padres siempre me han dicho que cada ser humano viene al mundo con un potencial único, y que nuestra misión es descubrirlo.”
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Estamos inmersos en un cambio de era, pasando de la sociedad industrial –basada en la producción masiva de bienes de consumo- a la emergente sociedad de la información y del conocimiento, en el que el motor son las ideas, la creatividad y la innovación de servicios que mejoren nuestra calidad de vida. Debido al imparable proceso de globalización, las reglas del juego están cambiando. Estudiar mucho, sacar buenas notas y obtener un título ya no es suficiente para encontrar un trabajo bien remunerado y estable. Es hora de ofrecer talento y de aportar valor añadido. Todo lo demás está condenando a deslocalizarse a economías como china, o a automatizarse por medio de los últimos avances tecnológicos.
A pesar de todos estos cambios, el sistema educativo parece haberse estancado en la era industria en la que fue diseñado “la mayoría de centros de enseñanza secundario tienen muchos paralelismo con las fábricas y las cadenas de montaje”, afirma Sir Ken Robinson, experto mundial en creatividad y autor de El elemento. “Las escuelas dividen el plan de estudios en segmentos especializados: algunos profesores “instalan” matemáticas en los estudiantes y otros “instalan” historia. Afirmo el experto. En este contexto “a los estudiante se los educa por grupos, según la edad. Como si lo más importante que tuviesen en común fuese su fecha de fabricación”. Apunta Robinson. Y añade: “se les obliga a memorizar y retener una determinada cantidad e información, sometiéndoles a exámenes estandarizados y comparándolos entre sí antes de mandarlos al mercado laboral”.
Más allá de que esta fórmula pedagógica permita que los estudiantes aprendan a leer, escribir y hacer cálculos matemáticos, las investigaciones de Robinson demuestra que, en general, “la escuela desalienta el aprendizaje y fomenta el conformismo y el aburrimiento”. Y lo peor de todo: “mata la creatividad”. A juicio de este experto, “los niños arriesgan, improvisan y no tienen miedo a equivocarse”. No es que cometer errores sea equivalente a ser creativo pero “si no estás dispuesto a equivocarte, no puedes innovar”, añade. “Y dado que los adultos penalizamos el error, los niños terminan por alejarse de sus capacidades creativas”.
Para Robinson “todos los niños nacen con unas extraordinarias fortalezas y habilidades innatas”. Sin embargo, a lo largo del proceso educativo “la mayoría pierde la conexión con estas facultades”.
No se trata de culpar ni de juzgar a las instituciones académicas. Y mucho menos a los profesores o a los padres. Nadie pone en duda que todos ellos lo hacen lo mejor que pueden. Lidiar con adolescente no es una tarea fácil. Especialmente en la última década, en la que los chavales parecen estar adoptando conductas cada vez menos respetuosas y más violentas en clase. En paralelo la cifra de fracaso escolar crece año tras año. Según un informe de la comisión europea, un tercio de los jóvenes españoles que hoy tienen entre 18 y 24 años abandonó en su día los estudios antes de finalizar la enseñanza secundaria. En esta misma franja de edad, el 22% ni estudia ni trabaja. Es la llamada generación ni-ni.
Frente a estos datos, cabe señalar que el problema de fondo es el sistema educativo actual. Paradójicamente, se ha convertido en un obstáculo para promover una verdadera educación. Etimológicamente, uno de los significados de la palabra latina educare es “extraer algo que está en nuestro interior, desarrollando así nuestro potencial humano”. Sin embargo, la mayoría de nosotros no hemos sido educados, sino adoctrinados para relacionarnos con el mundo de una determinada manera. De ahí que la mayoría hayamos sufrido la denominada “crisis de la adolescencia”.
Se trata de nuestra gran primera crisis existencial. Al empezar a tener uno de razón y ser cada día mas autosuficientes, al entrar en la adolescencia solemos rebelarnos contra nuestros padres, contra nuestros tutores y contra la sociedad tratando de crear nuestra propia identidad, y debido a nuestra falta de autoestima y de confianza en nosotros mismos, suele provocarnos una etapa de conflicto y sufrimiento. Eso sí, la gran mayoría de adolescentes tienen demasiado miedo a mirar en su interior para encontrar las respuestas que están buscando.
Debemos abogar por el tipo de educación emergente en esta era de información y conocimiento: la denominada “educación emocional”. Es decir, la que acompaña y la que inspira a los jóvenes a que se conozca a sí mismos para descubrir y desarrollar el potencial y el talento que se halla en su interior.
Cada vez se alzan más voces de indignación por el mundo que estamos construyendo. Sin embargo, para que cambie el mundo primero han de cambiar las creencias de los seres humanos que loe estamos creando. Nosotros diseñamos y ejecutamos los planes y objetivos de las instituciones educativas, políticas y sociales y empresariales. Nosotros consumimos sus productos y utilizamos sus servicios. En definitiva, con nuestra manera de ganar y de gastar dinero construimos día a día la economía sobre la que hemos edificado nuestra existencia.
La era industrial ha terminado. La emergente sociedad de la información y del conocimiento es una invitación para iniciar una trasformación que llevamos tiempo posponiendo: reinventarnos a nosotros mismos, reinventado, a su vez, nuestro sistema educativo. Lo que está en juego es la libertad para decidir quienes podemos ser. Y para lograrlo, nada mejor que empezar por escuchar con humildad la voz de las nuevas generaciones
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Vilaseca, Borja (2012). "Por qué aborrecen el cole los adolescentes". EL PAIS SEMANAL. Fotografía de Caterina Barfau.





